Alfredo Ollero Ojeda y Pablo de la Cal Nicolás participaron en la Casa de las Ciencias en una sesión dedicada al Ebro medio, la restauración fluvial, la gestión del riesgo de inundación y los nuevos modelos de ciudad ante el cambio climático.


1926 - 2026


Alfredo Ollero Ojeda y Pablo de la Cal Nicolás participaron en la Casa de las Ciencias en una sesión dedicada al Ebro medio, la restauración fluvial, la gestión del riesgo de inundación y los nuevos modelos de ciudad ante el cambio climático.
14/05/2026
Antes de la sesión, Alfredo Ollero Ojeda fue entrevistado por Cecilia Romero en Más de uno La Rioja, de Onda Cero La Rioja. En la conversación avanzó algunas de las ideas que desarrollaría esa tarde en la Casa de las Ciencias, dentro de Los Encuentros del Centenario. Escuchar entrevista completa en Onda Cero.
La Casa de las Ciencias de Logroño acogió una nueva sesión de los Encuentros del Centenario en Logroño de la Confederación Hidrográfica del Ebro, organizada en torno a una pregunta compartida: cómo vivir con el río, cómo cuidarlo y cómo adaptar su gestión a los retos ambientales actuales.
El encuentro se celebró dentro de las actividades del centenario de la CHE y en el marco de la exposición Por la cuenca del Ebro, que puede visitarse en la Casa de las Ciencias hasta el 31 de mayo.
La sesión fue presentada por Miriam Pardos, comisaria de Aguas de la CHE, quien subrayó la complementariedad de las dos miradas convocadas: la hidromorfología y la restauración fluvial, por un lado, y la relación entre río y ciudad, por otro. Los ponentes fueron Alfredo Ollero Ojeda, profesor e investigador de la Universidad de Zaragoza especializado en geografía física, geomorfología fluvial, riesgo de inundación y restauración fluvial, y Pablo de la Cal Nicolás, doctor arquitecto y profesor de Urbanística y Ordenación del Territorio en la Universidad de Zaragoza.
Ollero abrió su intervención con una idea central: restaurar un río no significa intentar regresar a una imagen histórica imposible, sino ayudar al sistema fluvial a construir un futuro más funcional. Su ponencia, titulada «Restauración fluvial e hidromorfología en la cuenca del Ebro», explicó cómo funcionan los ríos desde la hidromorfología y por qué esa lectura resulta imprescindible para gestionar mejor el riesgo y recuperar la salud de los cauces.
El geógrafo recordó que un río no transporta solo agua. También mueve sedimentos, nutrientes, materia orgánica, madera y seres vivos. Ese transporte se organiza mediante procesos de erosión, transporte y sedimentación, y se activa especialmente durante las crecidas, que dimensionan el cauce, movilizan materiales, alimentan riberas y permiten al río ajustarse. Por eso, defendió, las crecidas no deben entenderse únicamente como amenaza: forman parte del funcionamiento natural del río y de su capacidad de autorregulación.
En el caso del Ebro, Ollero situó el deterioro fluvial dentro de una trayectoria marcada por la regulación, las defensas, las canalizaciones, los dragados, la ocupación de zonas inundables y la pérdida de sedimentos. La suma del cambio climático, el cambio global en las cuencas, los embalses y determinadas malas prácticas locales está favoreciendo cauces más estrechos, más simples y encajados. Esa simplificación reduce la diversidad geomorfológica y ecológica y aumenta la vulnerabilidad frente a episodios extremos.
La restauración fluvial, según Ollero, debe ser sobre todo hidromorfológica: eliminar impactos, reconstruir la estructura fluvial y dejar trabajar al río. Para ello hacen falta agua, sedimentos, crecidas, espacio y tiempo, además de una sociedad formada y consciente de los procesos fluviales.
El ponente insistió en que no toda actuación verde es restauración. Estabilizar márgenes, ajardinar riberas o plantar vegetación en cauces activos puede ser una mejora paisajística o incluso una intervención contraproducente, pero no equivale necesariamente a restaurar un río. La restauración real pasa por devolver espacio, recuperar conectividades longitudinales, laterales y verticales, reconectar cauces, riberas, llanuras de inundación y acuíferos, aportar sedimentos cuando sea necesario y retirar obstáculos obsoletos.
Ollero vinculó esta visión con el Reglamento europeo de Restauración de la Naturaleza, aprobado en 2024, que plantea la recuperación de ríos de flujo libre y la eliminación de barreras que interrumpen la conectividad fluvial. En la misma línea situó la retirada de presas, azudes, vados y defensas, el retranqueo de motas, la recuperación de brazos secundarios y la permeabilización de áreas inundables.
Durante la ponencia se presentaron ejemplos de restauración y gestión del riesgo en distintos ámbitos. Ollero se refirió a actuaciones del Ebro medio vinculadas a Ebro Resilience, como los retranqueos de defensas y la recuperación de espacio fluvial en tramos de Alfaro, Castejón o Alcalá de Ebro. En este último caso destacó el papel del cauce de alivio, que durante una crecida pequeña llegó a derivar una parte significativa del caudal y a reducir velocidades junto a la localidad, combinando recuperación de dinámica fluvial y reducción del riesgo.
También explicó el proyecto del río Huerva en Zaragoza, donde se han realizado aportes de sedimentos y caudales capaces de movilizarlos para reconstruir el lecho en tramos incisos. Citó además actuaciones de eliminación de obstáculos en otros ríos, pasos para peces cuando la retirada no es posible y conflictos abiertos como el del azud de La Retorna, en el Najerilla, que muestran la necesidad de diálogo social en la restauración.
La conclusión de Ollero fue clara: las soluciones del siglo XX, basadas en contener y estrechar, no bastan para los retos del siglo XXI. Las motas no siempre protegen; con frecuencia desconectan el río de sus llanuras y prolongan los daños. La seguridad debe apoyarse también en reducir exposición y vulnerabilidad, recuperar zonas inundables funcionales y construir una cultura del riesgo que entienda las crecidas como procesos necesarios.
La segunda intervención, «Renaturalización en la ciudad: límites y deseos», trasladó el debate al ámbito urbano. Pablo de la Cal partió de una idea complementaria a la de Ollero: si el río es un sistema natural alterado, la ciudad es un artefacto construido que también necesita transformarse para adaptarse al cambio climático.
De la Cal explicó que las ciudades europeas se han desarrollado durante siglos desde una oposición entre ciudad y campo, entre lo construido y lo natural. Frente a esa herencia, el urbanismo contemporáneo está incorporando con fuerza la infraestructura verde y azul: redes de parques, riberas, suelos permeables, zonas húmedas, corredores ecológicos, arbolado, espacios periurbanos y sistemas de drenaje sostenible que prestan servicios ecosistémicos.
En esa nueva generación de planes urbanos, señaló, tres elementos cobran una importancia central: suelo, agua y vegetación. La renaturalización no consiste solo en añadir verde, sino en permitir que los procesos naturales ocurran dentro de la ciudad: retener el agua de lluvia, favorecer la evapotranspiración, crear superficies permeables, reducir la isla de calor, mejorar biodiversidad y salud urbana, y hacer visibles esos procesos en el espacio público.
El arquitecto repasó referencias europeas y españolas, desde estrategias urbanas de adaptación al cambio climático en Países Bajos hasta las supermanzanas y ejes verdes de Barcelona, o el Plan de Infraestructura Verde y Azul de Pamplona. Estos ejemplos muestran que cada calle, plaza, cubierta, parque o ribera puede formar parte de una estrategia urbana más amplia y no de actuaciones aisladas.
En el caso de Zaragoza, De la Cal recordó el proceso que desembocó en la transformación de las riberas del Ebro con motivo de la Expo 2008 y sus antecedentes en el debate «Ríos y ciudades. Aportaciones para la recuperación de los ríos y riberas de Zaragoza». Reconoció que Zaragoza había constreñido mucho al Ebro, pero explicó que aquel periodo permitió pensar la ciudad en grande: el Parque del Agua, el anillo verde, las conexiones con el canal Imperial, el Huerva y el Gállego, y la recuperación de acequias como posibles corredores de agua y espacio público.
De la Cal señaló que Zaragoza miró entonces con interés a ciudades como Logroño y Lleida, que ya contaban con parques fluviales integrados en la vida urbana. En Logroño, esta referencia permite leer el Parque del Ebro y las riberas como espacios de convivencia entre uso ciudadano, paisaje fluvial y gestión del riesgo.
La renaturalización urbana, advirtió De la Cal, cuenta con un amplio consenso inicial, pero encuentra límites prácticos: costes, mantenimiento, inercias administrativas, incomodidades individuales ante la presencia de naturaleza y el riesgo de que las actuaciones se queden en espacios escaparate. Por eso reclamó planificación a largo plazo, integración con el planeamiento general, la movilidad y otros instrumentos urbanos, y una gestión pública capaz de sostener la transformación en el tiempo.
El coloquio reforzó esa idea. Ante una reflexión sobre Logroño y Zaragoza, De la Cal defendió que los momentos sin gran presión urbanística son precisamente los mejores para pensar, dibujar, comunicar y consensuar. Las decisiones sobre la relación entre ciudad y río no se improvisan cuando llega la crecida.
Ollero, por su parte, destacó que Logroño ha tratado el río mejor que muchas otras ciudades y apuntó el potencial de espacios como el Sotillo para seguir naturalizándose. También insistió en la importancia de los tramos periurbanos, a menudo más degradados que los centrales y cada vez más usados por la ciudadanía para pasear, ir en bicicleta o acercarse a la naturaleza.
La sesión terminó mirando al futuro. Preguntados por cómo imaginar la cuenca del Ebro en 2050, Ollero planteó un horizonte con mayor naturalidad fluvial: recuperar conectividad, mejorar el transporte de sedimentos y permitir que el río reequilibre sus riberas e islas allí donde sea posible. De la Cal evitó formular propuestas concretas, pero imaginó ciudades más sombreadas, con arbolado maduro, menos dependencia del vehículo privado y un uso del espacio público más compatible con la salud y el confort urbano.
El mensaje compartido de la jornada fue que ríos y ciudades ya no pueden pensarse por separado. Restauración fluvial y renaturalización urbana exigen ciencia, planificación, gestión del riesgo, participación social y una nueva cultura territorial. Devolver espacio al río y hacer sitio a la naturaleza en la ciudad no son gestos decorativos: son condiciones para adaptarse mejor al cambio climático y convivir de forma más segura con el Ebro.